Los símbolos culturales del Imperio Otomano

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En el siglo XVIII el Imperio Otomano empieza a perder influencia en el Norte de África. Sus dominios alcanzaban hasta Argel, ya que Marruecos vivía bajo el dominio de la dinastía Alawita que gobernaban de forma independiente fuera del alcance otomano. La fuerza desde Estambul se fue debilitando a favor de las fuerzas provinciales comandadas por élites políticas y fuerzas militares. Mientras, Europa ya estaba ejerciendo su control en el Magreb. Pero aquí vamos a ver algunos de los símbolos culturales más importantes y destacados de este imperio tan poderoso y basto (teniendo en cuenta sus 4 siglos de vida) que muy pronto perderemos de vista según avance la materia de clase.

Empezamos por la tugra:

El sultán es el dueño de la tierra y de los hombres que la habitan, y su sello (tugra) es el símbolo de su autoridad, reconocido y reconocible en cualquier lugar que se encuentre. (de Bunes Ibarra, M.A.; El Imperio Otomano y la República de Turquía: Dos historias; CSIC-MADRID)

Como bien cuenta Miguel Angel de Bunes Ibarra en su monográfico, la tugra es una firma ceremonial del sultán que representaba la realeza, algo similar al Royal Cypher de los monarcas británicos. Cada sultán tenía su tugra personalizada, a pesar de que todas copian esa forma característica de “lámpara de genio”, pero si nos fijamos no hay ninguna igual (abajo: dos tugras de dos sultanes; la primera es de Suleimán el Magnífico, la segunda no he sabido indentificarla).

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El devşirme devshirme era una práctica llevada a cabo por el gobierno otomano durante los primeros siglos (XV y XVI), sobre todo en la zona de Europa del este. Consistía en la entrega de hijos de cristianos al sultán para educarlos en la doctrina del islam a la vez que los entrenaban para servir al Padisha exclusivamente como soldados o como administrativos. Esta práctica empezó a desarrollarse ante todo para proteger al Padisha frente al creciente poder de la aristocracia otomana, es decir, para combatir a las élites. El adiestramiento de estos niños era tanto bélico como cultural: caligrafía, teología, literatura, leyes y lenguas. Sólo servía al sultán y debían acompañarlo en sus campañas, cada uno ejerciendo la función para el cual fue educado. A continuación vemos una imagen en la que se aprecian esos niños vestidos de rojo que aguardan la lectura del consejero religioso del sultán para ser convertidos al Islam.

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El mundialmente conocido hammam o baño turco, a pesar de tener su origen en el Imperio Romano, los árabes adoptaron esta cultura de higiene y culto al cuerpo (además del culto al agua que éstos siempre han demostrado) pero fue popularizado en el Imperio Otomano. Consiste en relajarse en unas salas de piedra y mármol adaptadas para que se conserve el vapor de agua mientras corren chorros de agua en distintas temperaturas. Al final del baño (separados por sexo), un natir (o limpiador/a) se encarga de frotar y exfoliar la piel de los visitantes y termina con un masaje.

En la época de Suleimán el Magnífico (del XVI en adelante) se hicieron mucho más populares, ya que su esposa Alejandra era una gran aficionada a estos baños.

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